A Veces Es Necesario Huir Para Encontrarte A Ti Misma

Collage por Majo Enriquez, Fotos de  @unexiist

Collage por Majo Enriquez, Fotos de @unexiist

La noche del Viernes de Dolores de 2016 agarré mi mochila, llamé un taxi que me llevó a la estación de buses y a las diez de la noche inicié el recorrido hacia Petén, ya había olvidado lo que se sentía hacer algo sin planes, para mí y por mí.

La semana previa quería hacer un viaje familiar, pero como siempre, cuando planifico algo jamás sucede. En ese entonces, atravesaba una etapa crítica en mi vida, que me consumía lentamente, tenía que hacer algo, necesitaba respirar, necesitaba correr, huir... Una de esas noches, agarré la compu, busqué un hotel y reservé, dudé unos segundos antes de hacer click en “Reservar”, mi instinto de madre me alertaba que era un riesgo el que tomaba y que dejar a mi pequeña no era la forma, pero la frustración y el dolor eran más fuertes y sabía muy dentro de mí que era un riesgo que debía tomar si quería superar eso que me destruía de a poco.

Le dije a mi esposo unos días antes y muy sorprendido me dijo que estaba bien, no me cuestionó, sabía que si yo hacía esto de la forma en que lo hice, era por algo.

El viernes en la noche leí un cuento a mi pequeña, le canté, le dí un beso, un abrazo muy fuerte, le dije que la amaba mucho y que me iba de viaje por una semana (esperé hasta ese momento, pues muchas veces pensé en desistir), ella lloró y dijo que no quería que la dejara, nunca nos habíamos separado tanto tiempo desde que nació (ella tenía 7 años), le expliqué que debía ir, que me estaría comunicando con ella y que la pasaría muy bien con papi.

Llegó el taxi y me llevó a la estación, tenía una mezcla de emoción, miedo y tristeza. Subí al bus, me senté e inició la marcha. No dejaba de pensar en mi pequeña: “¿Se habrá dormido ya? ¿Estará llorando? ¿Comerá bien? ¿Y si se enferma?”.

Y luego pasé a la etapa del auto-consuelo: “Es necesario, sé que es por el bien de los tres, necesito esto o me volveré loca, es sólo una etapa no es que esté abandonando a mi hija, esto no me hace mala madre, también necesito pensar en mí, por mi salud, por mi felicidad”.

Y luego, la etapa del llanto inconsolable, en silencio por supuesto, no quería asustar a los pasajeros y que de pronto pensaran que la llorona, al final de cuentas, no era una leyenda…

Y por supuesto, cómo dejar de lado el hecho que por momentos olvidaba mi triste realidad y que me había embarcado en una aventura cual película “Hollywoodense”, porque seamos honestos, eso de viajar en camioneta no es lo que llamaríamos una escapada soñada.

Así que, una camioneta descompuesta y una hora extra de viaje después, llegué a Flores, entré al hotel y no, nada lujoso, era para mochileros y me sentía terrible andar por la calle como en mis tiempos de universitaria viajera, siendo ya mamá.

Fui a un pequeño restaurante frente al lago, me senté y finalmente pude respirar… ver el lago, los rayos del sol reflejándose en el agua, personas relajadas, comiendo sin prisas y el calor, me fascina el calor. Tenía años! de no sentarme a desayunar sin penas, sin horarios, sin interrupciones, sin compromisos y fue en ese momento que me di cuenta que, aunque amo a mi familia y me hacían muchísima falta, ésto lo necesitaba desesperadamente.

Caminaba por la isla y me sentaba frente al lago a pensar. Hice un viaje a Yaxha, uno de mis sitios favoritos, caminé sola, tomé fotos, me maravillé como si fuera la primera vez que estaba ahí, llegué frente a la laguna y pensé... pensé en mi vida, logros, deseos, tristezas y alegrías. Y así, cada cosa que hacía, como ver los monos aulladores saltando de rama en rama y yo riendo sola pues sabía lo traviesos que son, ver los pájaros, escuchar sus cantos, ver la inmensidad de las ruinas y recordar que todo se construyó no en un mes ni un año, sino en cientos de años.

Cada paso que daba me hacía darme cuenta que amaba mi vida y quería disfrutarla, así como lo estaba haciendo.

Durante el viaje me dije firmemente que haría cosas que nunca había hecho, que siempre había querido hacer y que todo lo que me ataba y no me dejaba ser yo, se quedaría en casa o mejor aun, perdido en el camino.

Caminé disfrutando ver todo lo que mi vista alcanzaba a ver, crucé puentes colgantes y al llegar al más alto... la vista, el hecho que yo le temía terriblemente a las alturas y al solo subirme a un banco me temblaban las piernas. Monté a caballo, no lo hacía desde un largo tiempo y subirme al caballo ya fue un logro, pues… suelo ser un poco tiesa.

Mi visita final fue al Biotopo Cerro Cahui, la vista desde la parte más alta era impresionante y al finalizar el recorrido fui a la playita, había gente, no llevaba traje de baño y si algo me ha fascinado desde siempre es el agua, quería lanzarme, necesitaba lanzarme! Me quité los zapatos, calcetas y me tiré al agua, yo, que siempre debía hacer todo como se debe... ese salto al agua fue lo más perfecto que pude haber hecho en mi viaje. Salí hecha una sopa, sequé mis pies y empecé a caminar hasta la carretera principal para tomar el bus que me llevara de vuelta a Sta. Elena.

Fue así como después de mi dramática salida de la ciudad, sintiéndome la peor madre del mundo, me había convertido en la mujer más feliz, más dichosa y más motivada.

Regresé a casa el siguiente viernes, organicé un viaje para los tres ese fin de semana, acampamos en un bosque, jugamos, asamos malvaviscos y vimos las estrellas... todo sin planes, sin prisas, mi aventura terminó de la forma más especial.

Mi vida no cambió en un instante, pero sí que fue el inicio de un gran cambio que aún está en proceso y fue el mejor inicio que pude haber tenido. Comprendí que el cambio es un proceso y como todo proceso lleva tiempo, hay días en los que quisiera desaparecer y hay días llenos de grandes felicidades. La diferencia ahora con las cosas buenas y malas, es que las buenas las veo como una oportunidad, una dicha y las malas me hacen cuestionar qué estoy haciendo mal, arreglar lo que tenga que arreglar y lo que está fuera de mi alcance, dejarlo ir.

Ahora sé que nada es perfecto y sé que tampoco es el fin del mundo. Así que, sí, a veces es necesario huir, para poder encontrarte a ti misma.

Por Marcela Gómez @bearandthesalmon