Abrazando La Vida: Travel Log, Japón.

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Después de 24 frenéticas horas en Tokio, estaba más que lista para empezar mi viaje. Generalmente llevo una lista gigante de lugares a los que quiero ir, comida que me gustaría probar y cosas que TENGO QUE HACER pero esta vez me dejé llevar. Me gustaría pensar que lo hice por espontánea y para alimentar mi espíritu aventurero pero en realidad procrastiné hasta que me di cuenta que estaba en Japón y no tenía un solo plan concreto.  Obviamente esto me empezó a dar un poco de ansiedad porque me gusta estar en control y pues, soy millennial, pero 5 sólidas horas de sueño y 3 cafés en el coffee shop más cool de todo Japón después, me relajé.

El segundo día, lo más temprano que logramos, subimos al Shinkansen hacia Kobe. En realidad, ninguno de los cuatro sabemos por qué elegimos pasar una noche en Kobe. Alguien lo puso en la mesa y todos seguimos la corriente así que 2 horas y media después, llegamos a nuestro destino. Luego de dejar las maletas en nuestro Airbnb, salimos a explorar esta ciudad cosmopolita de la cuál no sabíamos nada más que había sido una de las primeras en abrir sus puertos, permitiendo el comercio con el mundo occidental. Sabiendo esto, a Nacho, que ya llevaba meses viviendo en Japón, se le metió en la cabeza que quería ver el océano. Con esto en mente, salimos con la misión de seguir las brisas y encontrar el mar.

Las primeras impresiones no fueron muy memorables. Nos pasamos el día caminando y hablando. Sin poner atención a los alrededores, estábamos en una pequeña burbuja utópica de cuatro chapines perdidos en Japón. El tema de siempre: el amor y el desamor. Pareciera como si estuviéramos borrachos con el concepto de lo que es sentir las cosas en la piel, con las experiencias y, sobre todo, con la honestidad emocional. Los cuatro teníamos ratos de no vernos así que era de esperarse este tipo de conversaciones intensas. Estaba claro que estábamos en busca de algo. No sabíamos qué específicamente pero todos llegamos a Japón en busca de algo más; algo especial.

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Después de horas y horas de caminar sin rumbo (¡se nos había olvidado que nuestro norte era el mar!), se obscureció y nosotros no teníamos idea de dónde estábamos parados. Estábamos, a las 9 de la noche, en medio de un parque de skate lleno de gente de todas las edades patinando, practicando danzas contemporáneas y disfrutando la noche. Fue ahí cuando por fin empecé a absorber mis alrededores. La ciudad se veía completamente diferente de noche. Los bloques de edificio grises e industriales ahora estaban completamente iluminados. La Torre de Kobe era completamente naranja y el Museo Marítimo encendía la noche con un verde menta, dándole un look surreal a todo el puerto. Estoy segura que de día, Kobe Harborland es un área transitada y comercial pero esa noche parecía una especie de circo desolado y ominoso, en el buen sentido si es posible. Lo mejor fue cuando nos dimos cuenta que después del silencio, el único ruido era de agua. Sin darnos cuenta, encontramos el mar y vencimos el jet lag.

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Al día siguiente íbamos hacia Nara y teníamos algo de tiempo antes de que saliera el tren así que decidimos subir una pequeña montaña que quedaba a lado de la estación. Fue muy extraño el contraste entre este espacio tan verde, lleno de flores y cataratas escondidas y luego ver la vista hacia abajo: gris, carreteras, tráfico y la promesa distante del océano.

En la tarde almorzamos en la estación porque es Japón y como les mencioné en el blog anterior, la comida es perfecta y 7 Eleven es la gloria. Ese día, después de demasiada cerveza (again!), me di cuenta que gran parte de este viaje se iba a reducir a esto que estábamos viviendo: compartir, comer, disfrutar, tomar cerveza y hablar con mis amigos de cosas lindas y difíciles. Obvio, estábamos en Japón y toda experiencia era nueva y emocionante pero lo más estimulante y lindo de todo era la compañía y los momentos creados.  Siempre es así, ¿no? Una buena conversación en un lugar triste sigue siendo una buena conversación.

Casi se nos olvida pero el tren que nunca llegaba, llegó.

Y lo recibimos con cerveza en mano y abrazando la vida.

Por Natalia Castañeda