Muchas Emociones, Belleza, Cansancio, Cultura y Demasiados Sentimientos: Travel Log, Japón

Japón Travel Log – Kyoto

Foto análoga por Natalia Castañeda

Foto análoga por Natalia Castañeda

En el tren a Kyoto hablamos mucho sobre cómo Japón era completamente diferente a lo que nos imaginamos. Llevábamos a penas una semana pero era un tema recurrente en nuestras conversaciones, las expectativas y la idea que uno se hace de los lugares, y las personas, en la cabeza y el dilema existencial al conocer la realidad de las cosas. En resumen, nos causó mucha impresión el hecho que casi nadie sabía hablar inglés (y la verdad, ¿por qué deberían?), la falta de basureros en todas partes (o más bien, ¿por qué producimos tanta basura?) y la reverencia que los japoneses hacen al saludarse, despedirse y decir gracias. Es algo muy complicado y largo de explicar pero en un momento recuerdo ver una escena en la calle en la que le tomó 10 minutos a un grupo de empresarios despedirse. En fin, todo me parecía una mezcla de contradicciones, tradiciones y contrastes. fascinantes ¡Necesitaba experimentar más!

Nuestro primer día en Kyoto fue un día completo y paramos agotados pero contentos. Nos levantamos tempranito y tomamos el tren hacia Fushimi Inari Taisha, el principal santuario del dios del arroz y patrón de los negocios: Inari.

El lugar es verdaderamente espectacular porque es una caminata de más o menos 4 kilómetros bajo una fila de Torii, que son puertas tradicionales en la entrada de los altares sintoístas. El tamaño y el color naranja contrastan perfectamente con la naturaleza y las áreas verdes de la montaña, dándole un aspecto surreal a toda la experiencia. Lo único que cambiaría serían los mares de turistas porque quería tener el lugar entero para mi sola; para las fotos, para el silencio y para mi.

Nos tomó más o menos una hora y cuarto la subida y la disfrutamos mucho porque a parte del altar principal en la cima de la montaña, hay miles de caminos diferentes que llevan a altares más pequeños y todo está repleto de Torii y Kitsune, los mensajeros de la montaña. Así que a pesar de la cantidad de gente que había ese día, logramos perdernos un poco en el bosque y alejarnos del ruido para poder encontrar la mágia del lugar.

Siendo Kyoto el centro espiritual del Budismo Zen, no perdimos la oportunidad de visitar el templo Ryoan-ji y el karesansui (jardín zen). Caminamos el resto de la mañana por el templo en zapatos especiales como una forma de respeto hacia los terrenos sagrados. Todo fue increíble hasta que me dieron ganas de ir al baño y vi que no tenían “western bathrooms” pero esa es una historia vergonzosa para otro día.

Después de almorzar, decidimos regresarnos al apartamento caminando a lo largo del río, viendo como el paisaje iba cambiando del campo, al pueblo, a la ciudad y a los edificios. De nuevo, ¡Japón y sus contrastes!

Llegó el segundo día en Kyoto y por mucho el más inolvidable, emocionalmente inestable y escalofriante (¡en el buen sentido!) de todo el viaje. Ese día lo programamos, con meses de anticipación ya que había que hacer cita, para visitar Saiho-ji, mejor conocido como Kokedera o El Templo del Musgo. La carta para reservar la envió Nacho ya que la cosa era ser parte de una ceremonia con monjes Budistas en la cual no entendí casi nada pero calcamos un sutra que estaba escrito en kanji. Esta va a ser una pésima referencia pero me sentía como en Harry Potter con mi propio pergamino, tinta y pluma. ¡LITERAL, UNA PLUMA DE UN AVE!

También me sentía de regreso en el colegio y eso me causó mucha ansiedad porque con el primer trazo de la pluma, dejé un círculo gigante de tinta fresca y me ensucié toda la mano y el brazo. Just like old times I guess! Quería que me salieran perfectos los caracteres pero no creo que los propios monjes hubieran podido adivinar lo que escribí. Al final también teníamos que escribir un deseo ya sea para uno mismo o para alguien más y tenía que ser súper específico y secreto. Como yo no sigo las instrucciones y no creo que si uno dice las cosas no se cumplen, les cuento el secreto menos específico del mundo que escribí esa tarde:

“Que siempre sobren las risas y nunca falte el amor.”

Cuando salimos, empezó a diluviar como si se estuviera acabando el mundo y estábamos como atrapados en el templo. No sabíamos que hacer pero estábamos todavía como en una nube al salir de la ceremonia y nos valió madre la lluvia así que salimos al jardín y ahí fue cuando me quedé sin palabras y entendí la razón del “templo de musgo”. Nunca en mi vida había visto un verde tan verde, bajo la lluvia y brillando tan intensamente que parecía que la tierra tenía pequeñas lucecitas blancas llenas de secretos y deseos. Probablemente los mismos que escribimos un tiempo atrás. Era como un bosque encantado que nos había hechizado con su luz y sus mil y un verdes que ningún Pantone se le podría acercar nunca. El cielo se seguía cayendo y las gotas no se rendían pero nosotros ni cuenta nos dimos. Con la boca abierta y la piel de gallina, recorrimos todo el templo de musgo como en un trance perfecto.

Salimos con una sonrisa de oreja a oreja y una paz inexplicable, directo a almorzar la comida más perfecta para esa situación: sopa de soba noodles con huevo en un local humilde al costado de la mítica montaña de musgo. ¿Cómo les explico que fue como un abrazo hecho sopa?

El resto del día lo pasamos tomando café frío del stand más cool del mundo, a la orilla de un río que parecía Tailandia y no Japón y luego más noche entre palos de bambú gigantes y más y más luz increíble.

Como les conté, fue uno de los días más espectaculares del viaje y la noche todavía tenía sorpresas extrañas pero inolvidables. Otra vez confiamos en nuestro santo de los viajeros, Google Maps, y literalmente solo pusimos “sushi near me”, sin tener la menor idea de que iba a ser una de las cenas más espectaculares de nuestras vidas. El restaurante solo tenía una mesa grande y una barra para 4 personas y como la mesa estaba llena de un grupo de japoneses escandalosos y borrachos de todas las edades, nos sentamos en la barra. Los dueños como que se sorprendieron de que nos animamos a entrar luego de ver la escena pero nosotros íbamos con ganas de sushi y de una noche espontánea. Fue bien impactante ver cómo estaban actuando todos en el lugar porque estábamos acostumbrados al orden y timidez de la cultura pública japonesa. Pero esto era como si hubiéramos entrado a una pizzería en Roma o un pub en pleno Liverpool. Tomando en cuenta todo esto, ¡entramos con miedo y ganas!

En cuanto nos sentamos, el macho alfa de la otra mesa se nos acercó y, hablando en casi perfecto español, nos dijo que ni miráramos el menú porque él iba a ordenar por nosotros. Yo que odio tomar decisiones le dije que sí inmediatamente. Entre todo el sake y la cerveza que nos ofrecieron, me fui dando cuenta que el hombre sólo le hablaba a mis amigos pero a Valerie y a mi casi ni nos miraba a los ojos y fue algo muy revelador sobre la cultura. También le estaban presentando a Nacho una chica del grupo de ellos pero todos estaban descontrolados y fue muy incómodo. Divertido pero hasta cierto punto, un poco triste.

Ahora, la comida fue de otro planeta. El señor que la estaba preparando no hablaba mucho y estaba muy enfocado en lo que estaba haciendo. Sólo levantaba la mirada para ver nuestra reacción al probar sus platos y asentaba con la cabeza cuando se daba cuenta que estábamos fascinados. Me atrevería a decir que fue la mejor del viaje y si me preguntan, no les sabría decir qué fue. Nada que había probado antes, eso si lo tengo muy claro. Probablemente jamás lo probaré de nuevo.

Al final, hicimos un último brindis con el sushi master, la dueña y el resto de japoneses y caminamos la noche de Kyoto hasta que ya no nos daba la vida.

El día fue perfecto.

Y es que eso fue Kyoto en general: muchas emociones distintas al mismo tiempo y cuatro personas tratando de lidiar con tanta belleza, tanto cansancio, tanta cultura y demasiados sentimientos. Todo esto mientras compartíamos un monoambiente con una sola cama y una ciudad verdaderamente mágica y espiritual.

Kyoto nos recargó el corazón, y un poco más.

Beautiful places with beautiful people.

That’s why we travel.

Por Natalia Castañeda